Aprobar por los pelos.
Negativo Objetivo. El color negro denota luto, tristeza, negatividad. Este sombrero cubre los aspectos negativos, es decir, por qué algo no se puede hacer o no funcionará. Lamentablemente este es el sombrero que nos acostumbramos a usar más veces, pues la critica y negatividad son parte de nuestra cultura. Cuando nos ponemos el sombrero negro debemos ser negativos pero objetivos (lógico-negativo), es decir, tenemos que explicar el por qué de nuestra crítica u opinión negativa. Es fácil ser crítico o negativo destructivo (político), que no es el caso del sombrero negro. Veamos: una persona da una idea que tiene muchos aspectos positivos para desarrollar, pero el crítico destructivo le hace un análisis superficial y le encuentra esos pocos aspectos que no encajan o fallan, pero aquí esta la parte destructiva: los presenta como si estos invalidaran la totalidad de la idea original, destruyéndola ¿es esto ser objetivo? Por tanto la actitud crítica destructiva debe ser desterrada. Cuántas veces nos encontramos con los “doctores no” que preguntan: “díganme de qué están hablando para oponerme”. Consideramos, por último, la ingenuidad que supone decir: “¡así debiera ser el hombre!' La realidad nos muestra una encantadora riqueza de tipos, la exuberancia de un derrochador juego y cambio de formas; y he aquí que tal pobre moralista metido en su rincón dice: “¡no!, ¡el hombre debiera ser diferente!”... Y este pedante hasta pretende saber cómo debiera ser el hombre; pinta en la pared su propia imagen y dice “¡ecce homo!”... Aunque el moralista sólo se dirija al individuo y le diga: “¡tú debieras ser así!”, hace también el ridículo. El individuo es en un todo un trozo de fatum, una ley más, una necesidad más para todo lo por venir, todo lo que será. Decirle “¡sé diferente!” significa pedir que todo sea diferente y cambie, incluso retroactivamente... Y en efecto, no han faltado los moralistas consecuentes que pedían que el hombre fuese diferente, esto es, virtuoso, trasunto fiel de ellos, vale decir, estrecho y mezquino; ¡para tal fin negaban el mundo! ¡Una máxima locura, por cierto! ¡Una inmodestia nada modesta, por cierto! ... La moral, en tanto que condena por principio y supone un no con referencia a cosas, factores o propósito de la vida, es un error específico con el cual no hay que tener contemplaciones, una idiosincrasia de degenerados qué ha hecho un daño inmenso... Los otros, los inmoralistas, por el contrario, hemos abierto nuestro corazón a toda clase de comprensión, compenetración y aprobación. Nos cuesta negar; anhelamos decir sí. Se nos han abierto cada vez más los ojos para esa economía que necesita y sabe aprovechar aun todo lo que repudia la santa locura del sacerdote, de la razón enferma operante en el sacerdote; para esa economía en la ley de la vida que saca provecho incluso de la repugnante especie de los mojigatos, los sacerdotes y los virtuosos. ¿Qué provecho? En este punto nosotros mismos, los inmoralistas, somos la respuesta... Error de la confusión de causa y efecto. No hay error más peligroso que confundir el efecto con la causa: para mí es la depravación propiamente dicha de la razón. Y sin embargo, forma parte de este error de los hábitos más antiguos y más actuales de la humanidad; hasta entre nosotros está santificado, llevando el nombre de “religión”, “moral”. Lo implica cada principio enunciado por la religión y la moral; los sacerdotes y los legisladores morales son los autores de esta depravación de la razón. Un ejemplo ilustrará lo antedicho. Todo el mundo conoce el libro en que el famoso Cornaro recomienda su dieta frugal como receta para una vida larga, feliz y también virtuosa. El hombre superior, séame permitido consignarlo, no es amigo de la “profesión”, porque tiene conciencia de su vocación... Él tiene tiempo, se toma todo el tiempo; no le interesa estar “listo”; a los treinta años se es, en el sentido de elevada cultura, un principiante, un niño. Nuestros colegios colmados y nuestros profesores de enseñanza secundaria abrumados de trabajo y entontecidos son un escándalo; para defender tales estados de cosas, como lo hicieron el otro día los profesores de Heidelberg, existen tal vez causas, pero no ciertamente razones. Para no desmentir mi modo de ser, que es afirmativo y que sólo en forma mediata, involuntaria, tiene que ver con la objeción y la crítica, consigno a renglón seguido las tres tareas para las cuales son menester educadores. Hay que aprender a ver, hay que aprender a pensar y hay que aprender a hablar y a escribir; todo esto con miras a adquirir una cultura aristocrática. Aprender a ver, habituar la vista a la calma, la paciencia, la espera serena; demorar el juicio, aprender a enfocar desde todos lados y abarcar el caso particular. He aquí el adiestramiento preliminar primordial para la espiritualidad; no reaccionar instantáneamente a los estímulos, sino llegar a dominar los instintos inhibitorios, aisladores. Aprender a ver, como yo lo entiendo, es casi lo que el lenguaje no filosófico llama la voluntad fuerte; lo esencial de ésta es precisamente no “querer”, ser capaz de suspender la decisión. Toda falta de espiritualidad, toda vulgaridad obedece a la incapacidad para resistir a los estímulos, que fuerza al individuo a reaccionar y seguir cualquier impulso. En muchos casos, esta incapacidad supone morbosidad, decadencia, síntoma de agotamiento; casi todo lo que la grosería poco filosófica designa con el nombre de “vicio”, se reduce a esa incapacidad fisiológica para no reaccionar. Una aplicación práctica de este aprendizaje de la vista es la siguiente: en todo aprender el individuo se vuelve lento, receloso y recalcitrante. Lo extraño, lo nuevo, de cualquier índole que sea, lo deja por lo pronto acercarse a él con una calma hostil, retirando la mano. El estar con todas las puertas abiertas, la postración servil ante cualquier pequeño hecho, el sentirse dispuesto en todo momento a meterse, precipitarse sobre el prójimo y lo ajeno; en una palabra, la famosa “objetividad” moderna es mal gusto, lo antiaristocrático por excelencia. Aprender a pensar: se ha perdido la noción de esto en nuestros establecimientos de enseñanza. Hasta en las Universidades, incluso entre los estudiosos propiamente dichos de la filosofía, la lógica empieza a extinguirse como teoría, como práctica, como oficio. Leyendo libros alemanes, ya no se descubre en ellos el más remoto recuerdo de que el pensamiento requiere una técnica, un plan didáctico, una voluntad de maestría; que hay que aprender a pensar como hay que aprender a bailar, concibiendo el pensamiento como danza... ¿Dónde está el alemán que conozca todavía por experiencia ese estremecimiento sutil que los pies ligeros en lo espiritual irradian a todos los músculos? La rígida torpeza del ademán espiritual, la manera desmañada de asir, son tan alemanas, que en el exterior suele considerárselas lo alemán. El alemán no tiene el sentido del matiz... El que los alemanes hayan siquiera aguantado a sus filósofos, sobre todo al eximio Kant, el lisiado más contrahecho que se ha dado jamás en el reino de los conceptos, dice demasiado de la gracia alemana. Sabido es que la danza, en todo sentido, está inseparablemente ligada a la educación aristocrática. Si hay que saber bailar con los pies, con los conceptos, con las palabras: ¿es necesario agregar que hay que saber bailar también con la pluma, que hay que aprender a escribir? Mas llegado este punto es posible que yo me convierta en un completo enigma para los lectores alemanes... No puedes imaginarte como te hecho de menos... Aquí no tengo a nadie a quien confiar el lado bueno y el malo de mi vida, y esto es para mí una sensación nueva. Por si fuera poco, tampoco simpatizo con ninguno de mis colegas... Acabo de obtener el doctorado, y este hecho supones para mí la confesión más vergonzosa de ignorancia. La profesión de filólogo cada vez se aleja más de cualquier aspiración crítica, fuera de los horizontes del helenismo. Dudo incluso si devendré algún día un auténtico filólogo. Si la casualidad no me ayuda, no lo lograré de ninguna forma. El motivo es que, por desgracia, carezco de modelos, y me veo a mí mismo acercándome a pasos agigantados al abismo de la pedantería... ¡Que no daría yo por vivir juntos los dos!... He dado una conferencia sobre Sócrates y la tragedia que ha provocado un gran revuelo, amén de interpretaciones equivocadas, pero me ha servido para estrechar aún más si cabe los lazos con mis amigos de Tribschen. Espero que mi suerte cambie: hasta Richard Wagner me ha sugerido de la forma más enternecedora el destino que considera más apropiado para mí... Ciencia, arte y filosofía forman un amasijo tan informe en mi interior que puede que algún día engendre monstruos. Convendremos, en qué sentido precisamente ese fenómeno de nuestra vida moderna, y para hablar con propiedad, de la Europa cristiana y su Estado, ante todo la “civilización” romana ahora predomínate en todas partes, descubren la enorme tara que afecta a nuestro mundo: todos nosotros, con todo nuestro pasado, somos culpables, de semejante terror manifestado a la luz del día: de modo que, desde lo alto del sentimiento por nosotros mismos, deberíamos estar muy lejos de querer imputar el crimen de un combate contra la cultura a estos desdichados. Sé lo que quiere decir esto: el combate contra la cultura. La noticia del incendio parisino [se refiere a los episodios de La Comuna y a la noticia falsa y que para esta época él ya debía saber que era falsa del incendio del Louvre] me dejó anonadado durante varios días, me deshacía en lagrimas y dudas: empecé a ver el conjunto de nuestra existencia científica, filosófica y artística como un absurdo, porque un solo día basta para borrar las supremas maravillas quizá de periodos enteros del arte: me aferré con firme convicción al valor metafísico del arte, que no puede existir por culpa de la pobre gente, pero debe cumplir misiones más altas. Pero, a pesar de mi extremo pesar, no estaba en condiciones de arrojar la más mínima piedra a esos profanadores, que, para mí, sólo eran agentes de la culpabilidad universal, ¡sobre la que hay tanto que meditar! Estimado señor consejero privado: espero que no se molestara usted si le digo, con absoluta franqueza, que me asombra no haber escuchado de sus labios la más mínima palabra amable sobre el libro que acabo de publicar [El nacimiento de la tragedia], sobre todo porque se trata de una especie de manifiesto, y desde luego, invita a todo menos al silencio. Probablemente el asombrado será usted, respetado maestro, si continúa leyendo: yo creía que de encontrar usted algo prometedor en su vida sería este libro, prometedor para el conocimiento que tenemos de la Antigüedad, prometedor para el espíritu alemán, aun cuando cierto individuos tuvieran que perecer por ello. En efecto, por mi parte al menos, yo no dejaría de extraer de mis puntos de vista todas las consecuencias prácticas que ellas comprenden, y usted se hará una idea de ello si yo doy aquí conferencias públicas Sobre el porvenir de nuestros establecimientos educativos. Me siento –puede usted creerlo– desprovisto de ambiciones y prudencias personales; y no buscando nada para mí, es para los demás que espero hacer algo. –Lo que más me importa es adueñarme de la joven generación de filólogos, y pensé que sería un pobre signo el que no pudiera conseguirlo. Su silencio, pues, me intranquiliza un poco. No es que haya dudado ni un solo instante de su simpatía por mí, de la cual fui de una vez por todas persuadido, pero precisamente por esa simpatía podría interpretar esto ahora como una especie de recelo personal para conmigo. Es para disiparlo que le escribo
Estar encantado de conocerse.
ya que aquí se paga y se consume el mismo proceso de producción y no un producto separable de él. Presenta, pues, casi exactamente la misma forma que la de la producción de los metales preciosos, con la diferencia de que aquí D' es una forma transfigurada del efecto útil creado durante proceso de producción y no una forma natural del oro o de la plata producidos durante este proceso y arrojados por él. Chicas Madrid Si, por otra parte, subiesen un cincuenta por ciento los precios de los elementos circulantes del capital productivo, harían falta en vez de 100 libras esterlinas semanales, 150 y, por tanto, en vez de 900 libras, 1,350. Se necesitarían, por consiguiente, 450 libras esterlinas de capital adicional para mantener la industria en la misma escala, lo cual ejercería una presión proporcional sobre el mercado de dinero, presión que sería mayor o menor según el estado en que éste se encontrase. Si existiese demanda para todo el capital disponible en él, esto provocaría una concurrencia redoblada en torno al capital disponible. Si se hallase inactiva una parte de él, la pondría proporcionalmente en acción. http://www.girlsbcn.es Primero. En que aquí la circulación total, con sus dos fases opuestas, abre el ciclo, mientras que en la forma I la circulación es interrumpida por el proceso de producción y en la forma II la circulación total, con sus dos fases complementarias entre sí aparece solamente como mediadora del proceso de reproducción, constituyendo por tanto el movimiento intermedio entre P... P. En D... D’, la forma de circulación es D – M. . M’ – D’ = D –M– D’. En P... P, es la inversa: M’– D’.– D – M = M –D – M. En M’ – M’ reviste también esta última forma. http://www.girlsbcn.com.es Por el distinto papel que desempeña durante el proceso de producción en la creación de valor y, por tanto, en la producción de plusvalía, los medios de producción y la fuerza de trabajo, considerados como modalidades del capital desembolsado, se distinguen como capital constante y capital variable, respectivamente. En cuanto diversas partes integrantes del capital productivo, se distinguen también en que los primeros, pertenecientes al capitalista, son capital si yo aun fuera del proceso de producción, mientras que la fuerza de trabajo sólo dentro de éste constituye una modalidad del capital individual. Si la fuerza de trabajo sólo es una mercancía en manos de su vendedor, del obrero asalariado, en cambio, sólo es capital en manos de su comprador, del capitalista, a quien se adjudica su uso temporal. Los medios de producción sólo se convierten en encarnación material del capital productivo, o en capital productivo, en el momento en que se les incorpora la fuerza de trabajo, como modalidad personal de aquél. La fuerza humana de trabajo no es por naturaleza capital, como no lo son tampoco, por la misma razón, los medios de producción. Sólo adquieren este carácter social específico bajo determinadas condiciones, históricamente dadas, del mismo modo que sólo bajo estas condiciones los metales preciosos revisten el carácter de dinero, y éste el de capital–dinero. Prostitutas en Barcelona No debemos, pues, intentar rehuir la dificultad mediante evasivas más o menos plausibles. Masajes eróticos en Madrid La moral de selección y la moral de domesticación apelan, para imponerse, a idénticos medios; cabe enunciar como axioma capital que para establecer la moral hay que tener la voluntad incondicional de practicar lo contrario de la moral. Tal es”el grande y desconcertante problema que he estudiado con más ahínco: la sicología de los “mejoradores” de la humanidad. Un hecho pequeño, y en definitiva, subalterno, el de la llamada pia fraus, me facilitó el primer acceso a este problema: la pia fraus, el patrimonio de todos los filósofos y sacerdotes que “mejoraron” a la humanidad. Ni Manú ni Platón, Confucio ni los predicadores judíos y cristianos han dudado jamás de su derecho de recurrir a la mentira. ¡No han dudado, en suma, de ningún derecho!... Resumiendo, cabe decir que todos los medios de que se ha hecho uso para moralizar a la humanidad han sido en el fondo medios inmorales. valenciagirls la magnitud acrecentada sólo el indicada por M', pero no por T' ni por Mp'. Pero, como M es la suma de T más Mp, M' indica ya que la suma de T más Mp contenida en ella es mayor que el primitivo P. Además, la fórmula T' y Mp' sería falsa, pues, como sabemos, el crecimiento del capital lleva aparejado un cambio de su composición de valor, en el transcurso del cual el valor de Mp aumenta, mientras que el de T disminuye siempre en términos relativos y con frecuencia, además, en términos absolutos. Clubs alterne Barcelona Finalmente, cuando la duración del período de rotación depende de la del período de circulación, tendremos que ésta se halla condicionada, indudablemente, por el cambio constante de la coyuntura del mercado, por la mayor o menor facilidad que existe para vender y, como consecuencia de ello, por la mayor o menor necesidad de llevar el producto, parcialmente a mercados más próximos o más lejanos. Prescindiendo del volumen de la demanda en general, desempeña aquí un papel fundamental el movimiento de los precios, ya que al descender éstos se restringen deliberadamente las ventas y marcha delante la producción y, por el contrario, al subir los precios, la producción y la venta se mantienen al unísono o se vende de antemano lo que se produce. Sin embargo, la verdadera base material que debe ser tenida en cuenta es la distancia real entre el centro de producción y el mercado. Clubs de alterne en Asturias En una ocasión, y de manera pérfida, llegó esta idea hasta la conciencia de Spinoza (para disgusto de sus intérpretes, que se esfuerzan metódicamente por entenderlo mal en este pasaje, por ejemplo, Kuno Fischer), cuando una tarde, acordándose quién sabe de qué cosa que le raspaba, investigó la cuestión de qué había subsistido en realidad, para él mismo, del famoso morsus conscientiae [mordedura de la conciencia] ––él, que había puesto el bien y el mal entre las fantasías humanas y había defendido con furia el honor de su Dios «libre» contra aquellos blasfemos que afirmaban que Dios hace todo sub ratione boni [por razón del bien] («pero esto significaría someter a Dios al destino y sería en verdad el más grande de todos los absurdos»)se. Para Spinoza el mundo había retornado de nuevo a aquella inocencia en que se encontraba antes de la invención de la mala conciencia: ¿en qué se había convertido ahora el morsus con concienciae? «En lo contrario del gaudium, se dijo finalmente, ––en una tristeza acompañada de la idea de una cosa pasada que ocurrió de modo contrario a todo lo esperado.» Eth. III propos. XVIII schol. I, II. Durante milenios los malhechores sorprendidos por la pena no han tenido, en lo que respecta a su «falta», sentimientos distintos de los de Spinoza. «Algo ha salido inesperadamente mal aquí», y no: «Yo no debería haber hecho esto» ––, se sometían a la pena como se somete uno a una enfermedad, o a una desgracia, o a la muerte, con aquel valiente fatalismo sin rebelión por el cual, por ejemplo, todavía hoy los rusos nos aventajan a nosotros los occidentales en el tratamiento de la vida`. Cuando en aquella época aparecía una crítica de la acción, tal crítica la ejercía la inteligencia: incuestionablemente debemos buscar el auténtico efecto de la pena sobre todo en una intensificación de la inteligencia, en un alargamiento de la memoria, en una voluntad de actuar en adelante de manera más cauta, más desconfiada, más secreta, en el conocimiento de que, para muchas cosas, uno es, de una vez por todas, demasiado débil, en una especie de rectificación del modo de juzgarse a sí mismo. Lo que con la pena se puede lograr, en conjunto, tanto en el hombre como en el animal, es el aumento del temor, la intensificación de la inteligencia, el dominio de las concupiscencias: y así la pena domestica al hombre, pero no lo hace «mejor», –– con mayor derecho sería lícito afirmar incluso lo contrario. («De los escarmentados nacen los avisados»59, afirma el pueblo: en la misma medida en que el escarmiento vuelve avisado, vuelve también malo. Por fortuna, también vuelve, con frecuencia, bastante tonto.) Callgirls Barcelona En la agricultura se dan ambas cosas unidas. la mayor duración del período de trabajo y la gran diferencia entre el tiempo de trabajo y el tiempo de producción. Hodgskin observa acertadamente a este propósito: “La diferencia en cuanto al tiempo [aunque él no distingue aquí entre tiempo de trabajo y tiempo de producción] necesario para obtener los productos de la agricultura y el que se necesita en otras ramas de trabajo, constituye la causa principal de la gran inferioridad de los agricultores. Estos no pueden llevar sus mercancías al mercado antes de un año. Durante todo este tiempo, necesitan del crédito del zapatero, del sastre, del herrero, del constructor de carros y de los demás productores cuyos productos necesitan y que los terminan en unos cuantos días o en unas cuantas semanas. Debido a esta circunstancia natural y al incremento más rápido de la riqueza en las otras ramas de trabajo, los terratenientes, a pesar de monopolizar la tierra de todo el reino y de haberse apropiado además el monopolio de la legislación, son incapaces de salvarse y salvar a sus servidores, los arrendatarios, del destino de ser las gentes menos independientes del país.” (Thomas Hodgskin. Popular Political Economy, Londres, 1827, p. 147, nota.) puta barcelona El capital–mercancías que el capitalista lanza a la circulación tiene mayor valor (no se explica o no se comprende de dónde proviene esto, pero es un hecho, desde el punto de vista de que ellos mismos parten) que el capital productivo sustraído por él a la circulación en forma de fuerza de trabajo y medios de producción. Partiendo de esta premisa, es claro, por tanto, por qué no sólo el capitalista A, sino también B, C, D, etc., pueden sustraer constantemente a la circulación, mediante el cambio de sus mercancías, más valor que el de su capital, el primitivo y el desembolsado constantemente, en períodos sucesivos. A, B, C, D, etc., lanzan continuamente a la circulación, en forma de capital–mercancías –y esta operación presenta tantos aspectos como capitales funcionan independientemente–, un valor en mercancías mayor que el que retiran de ella en forma de capital productivo. Por eso pueden repartirse constantemente entre sí (es decir, retirar de la circulación, cada cual por su lado, un capital productivo) una suma de valor igual a la de sus respectivos capitales productivos desembolsados; y, constantemente también, una suma de valor que lanzan todos ellos a la circulación en forma de mercancías, como remanente respectivo del valor de las mercancías sobre el valor de sus elementos de producción. beso negro De modo parecido repercute sobre la rotación del capital otra clase de reservas que sólo constituye un capital productivo potencial, pero que, por la naturaleza de la explotación, necesita acumularse en cantidades más o menos grandes y, por tanto, desembolsarse en la producción por períodos más o menos largos, a pesar de que sólo se incorpora gradualmente al proceso de producción. Tal es, por ejemplo, el caso del abono, antes de depositarse en la tierra y el de la cebada, el heno y otros piensos y forrajes destinados como reservas a la producción de ganado. “Una parte considerable del capital de la empresa es absorbido por las reservas de la explotación. El valor de éstas puede disminuir en mayor o menor medida si no se aplican convenientemente las medidas de precaución necesarias para su conservación; y hasta puede ocurrir que, por falta de vigilancia, llegue incluso a perderse totalmente para la explotación una parte de las reservas de productos. Por eso es necesario, en lo que a esto se refiere, organizar una vigilancia cuidadosa de los graneros, del piso en que se almacenan el forraje y el pienso y de los sótanos, cerrar siempre bien los almacenes, mantenerlos limpios y aireados, etc.; a los granos y demás frutos almacenados deberá dárseles la vuelta de vez en cuando, convenientemente; las patatas y los nabos protegerse contra el frío, la humedad y la putrefacción, etc.” (Kirchhof, p. 292.) “Al calcular las propias necesidades, sobre todo en lo que se refiere a la ganadería, y siempre organizando la distribución a tenor del producto y de la finalidad perseguida, deberá tenerse en cuenta no solamente la satisfacción de las necesidades, sino también la conveniencia de apartar una reserva relativa para casos imprevistos. Si resultare que las necesidades no pueden cubrirse íntegramente con el producto propio, deberá pensarse en si conviene compensar la diferencia mediante otros productos (sustitutivos) o si podrán adquirirse más baratos en el mercado. La escasez de heno, por ejemplo, puede suplirse con raíces mezcladas con paja. En estos casos, habrá que tener en cuenta siempre el valor intrínseco y el precio de los distintos productos en el mercado, trazando a tono con esto las normas para el consumo; si, por ejemplo, la avena resulta más cara y los guisantes y el centeno, en cambio, salen relativamente más baratos, podrá sustituirse con ventaja en el pienso de los caballos, una parte de la avena con guisantes y centeno, y vender la avena sobrante, etcétera.” (Obra cit., p. 300.) prostituta española
No gana uno para sustos.
Conocido es mi postulado según el cual el filósofo se sitúa más allá del bien y del mal, encontrándose por encima de la ilusión del juicio moral. Este postulado deriva de un descubrimiento que yo he sido el primero en formular: no hay hechos morales. El juicio moral, como el religioso, se funda en realidades ilusorias. La moral no es sino una interpretación de determinados fenómenos, y más propiamente: una mala interpretación. Semejante al juicio religioso, la moral caracteriza un nivel de la ignorancia en que falta aun la noción de lo real, la discriminación entre lo real y lo imaginario; de modo que en este nivel la “verdad” designa sin excepción cosas que hoy día llamamos “ficciones”. De lo cual se infiere que el juicio moral nunca debe ser tomado al pie de la letra, pues siempre consiste en un puro contrasentido. Como semiótica, pof cierto, es inestimable; pues revela, al que sabe por lo menos, las realidades más valiosas de culturas e interioridades, que no sabían lo suficiente para “entenderse” a sí mismas. La moral en definitiva es mero lenguaje de signos, mera sintomatologfa ; para sacar provecho de ella es preciso saber de antemano de qué se trata. contactos eroticos barcelona A medida que se prolonga el tiempo de circulación de las mercancías, aumenta, como es lógico, el riesgo de que cambien los precios en el mercado de ventas, pues aumenta el período dentro del cual puede efectuarse ese cambio de precios. Masajes sensuales en Madrid En aquellas ramas de producción en que el período de trabajo, sea continuo o discontinuo, obedece a determinadas condiciones naturales, no puede abreviarse con ayuda de los medios indicados más arriba. “La expresión es de una más rápida rotación no es aplicable a la producción de cereales, donde sólo es posible obtener una cosecha al año. Y por lo que se refiere a la ganadería, basta preguntar: ¿Cómo acelerar la rotación de ovejas de dos o tres años y de bueyes de cuatro a cinco?”(W. Walter Good, Political, Agricultural and Commercial Fallacies, Londres 1866, p. 325.) http://www.erosbcn.com Ya hemos hablado de la degeneración física de los niños y jóvenes, de las mujeres obreras a quienes la maquinaria somete a la explotación del capital, directamente en las fábricas que brotan sobre la base de las máquinas, e indirectamente en todas las demás ramas industriales. Por tanto, aquí solo nos detendremos en un punto: la enorme mortalidad de niños de obreros en edad temprana. En Inglaterra hay 16 distritos en los que, de cada 100,000 niños que nacen mueren al cabo del año, por término medio, 9,000 (en uno de estos distritos, la cifra media es de 7,047 solamente), 24 distritos en los que la cifra de mortalidad es superior a 10,000. pero inferior a 11,000; 39 distritos, en los que oscila entre 11,000 y 12,000; 48 distritos en los que excede de 12,000 sin llegar a 13,000; 22 distritos en los que excede de 20,000; 25 distritos en los que la mortalidad rebasa la cifra de 21,000; 17, en los que excede de 22,000; 11, en los que pasa de 23,000; en Hoo, Wolverhampton, Ashtonunder–Line y Preston, la mortalidad infantil pasa de 24,000; en Nottingham, Stockport y Bradford, rebasa la cifra de 25,000; en Wisbeach, la de 26,000 y en Manchester la de 26,125.42 Según demostró una investigación médica oficial abierta en 1861, estas elevadas cifras de mortalidad se deben principalmente, si prescindimos de circunstancias de orden local, al trabajo de las madres fuera de casa, con el consiguiente abandono y descuido de los niños, alimentación inadecuada e insuficiente de éstos, empleo de narcóticos, etc., aborrecimiento de los niños por sus madres, seguido de abundantes casos de muerte provocada por hambre, envenenamiento, etc.43 En los distritos agrícolas, "donde el número de mujeres que trabajan alcanza la cifra mínima, la cifra de mortalidad es la más baja".44 Sin embargo, la comisión investigadora de 1861 llegó a la conclusión inesperada de que en algunos distritos puramente agrícolas situados junto al mar del Norte el coeficiente de mortalidad de niños menores de un año, alcanzó casi la cifra de los distritos fabriles de peor fama. El Dr. Julian Hunter fue encargado de investigar sobre el terreno este fenómeno. Su informe figura anejo al VI Report on Public Health.45 Hasta entonces, se había supuesto que el paludismo y otras enfermedades características de comarcas bajas y pantanosas diezmaban la población infantil. Esta investigación condujo precisamente al resultado contrario, a saber: "que la misma causa que eliminaba el paludismo, o sea, la transformación de los suelos pantanosos en invierno y pastizales en verano en fecunda tierra triguera, era la que provocaba la extraordinaria mortalidad infantil".46 Los setenta médicos en ejercicio interrogados por el Dr. Hunter en aquellos distritos, se manifestaron con "maravillosa unanimidad" acerca de este punto. ¿Qué ocurría? La revolución operada en el cultivo de la tierra llevaba aparejado el sistema industrial. "Un individuo que recibe el nombre de gangmeister y que alquila las cuadrillas en bloque, pone a disposición del arrendatario de las tierras, por una determinada suma de dinero, un cierto número de mujeres casadas, mezcladas en cuadrillas con muchachas y jóvenes. No pocas veces, estas cuadrillas se trasladan a muchas millas de distancia de sus aldeas; de amanecida y al anochecer, se les suele encontrar por los caminos; las mujeres, vestidas con falda corta y blusas, con botas y a veces con pantalones, son muy fuertes y sanas de aspecto, pero están corrompidas por este desorden habitual de su vida y se muestran insensibles a las fatales consecuencias que su predilección por este oficio activo e independiente acarrea para sus niños, abandonados en la casa".47 Todos los fenómenos característicos de los distritos se repiten aquí, dándose en un grado todavía mayor los infanticidios secretos y el empleo de narcóticos para apaciguar a los niños.48 "Mí experiencia de los males que causan –dice el Dr. Simon, funcionario médico del Privy–Council inglés y redactor en jefe de los 'Informes sobre Public Health'–, disculpa la profunda repugnancia con que contemplo todo lo que sea dar trabajo industrial en amplia escala a las mujeres adultas.”49 "Realmente" –exclama en un informe oficial el inspector fabril R. Baker–, será una dicha para los distritos manufactureros de Inglaterra el día en que se prohiba a toda mujer casada y con hijos trabajar en alguna fábrica.”50 acompañante independiente Se dirá que si el valor de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo invertida en su producción, las mercancías encerrarán tanto más valor cuanto más holgazán o más torpe sea el hombre que las produce o, lo que es lo mismo, cuanto más tiempo tarde en producirlas. Pero no; el trabajo que forma la sustancia de los valores es trabajo humano igual, inversión de la misma fuerza humana de trabajo. Es como si toda la fuerza de trabajo de la sociedad, materializada en la totalidad de los valores que forman el mundo de las mercancías, representase para estos efectos una inmensa fuerza humana de trabajo, no obstante ser la suma de un sinnúmero de fuerzas de trabajo individuales. Cada una de estas fuerzas es una fuerza humana de trabajo equivalente a las demás, siempre y cuando que presente el carácter de una fuerza media de trabajo social y dé, además, el rendimiento que a esa fuerza media de trabajo social corresponde; o lo que es lo mismo, siempre y cuando que para producir una mercancía no consuma más que el tiempo de trabajo que representa la media necesaria, o sea el tiempo de trabajo socialmente necesario. Tiempo de trabajo socialmente necesario es aquel que se requiere para producir un valor de uso cualquiera, en las condiciones normales de producción y con el grado medio de destreza e intensidad de trabajo imperantes en la sociedad. Así, por ejemplo, después de introducirse en Inglaterra el telar de vapor, el volumen de trabajo necesario para convertir en tela una determinada cantidad de hilado, seguramente quedaría reducido a la mitad. El tejedor manual inglés seguía invirtiendo en esta operación, naturalmente, el mismo tiempo de trabajo que antes, pero ahora el producto de su trabajo individual sólo representaba ya medía hora de trabajo social, quedando por tanto limitado a la mitad de su valor primitivo. escort Madrid Pero la analogía no pasa de ahí. En la expresión del peso del pilón de azúcar, el hierro representa una propiedad natural común a ambos cuerpos: su gravedad; en cambio, en la expresión del valor del lienzo, la levita asume una propiedad sobrenatural de ambos objetos, algo puramente social: su valor. girls madrid lo que son por la relación productiva que guardan con la tela y el hilado, sino por ser inversiones de fuerza humana de trabajo pura y simplemente. Los trabajos del sastre y el tejedor son elementos integrantes de los valores de uso levita y lienzo gracias precisamente a sus diversas cualidades; en cambio, sólo son sustancia y base de los valores lienzo y levita en cuanto en ellos se hace abstracción de sus cualidades específicas, para reducirlos a la misma cualidad: la del trabajo humano.
J. Leach declara: "El invierno pasado (1862), de las 19 muchachas empleadas en el taller, tuvieron que abandonar el trabajo 6, a consecuencia de enfermedades adquiridas por exceso de trabajo. Para que no decaigan en sus tareas, no tengo más remedio que gritarles." W. Duffy: "Muchas veces, los niños no podían abrir los ojos, de cansados que estaban; a nosotros mismos nos ocurría no pocas veces lo mismo." J. Lightbourne: "Tengo 13 años...El invierno pasado trabajábamos hasta las 9 de la noche, y el invierno anterior hasta las 10. El invierno pasado, llegaba a casa casi todas las noches llorando de lo que me dolían los pies." G. Apsden: "Cuando ese chico tenía 7 años, solía llevarle a hombros sobre la nieve y trabajaba casi siempre ¡16 horas diarias!.... No pocas veces, tenía que arrodillarme para darle de comer junto a la máquina, pues no podía abandonarla ni pararla." Smith, socio y gerente de una fábrica de Manchester: "Nosotros [se refiere a "sus" obreros, los que trabajan para "nos"] trabajamos sin interrumpir las faenas para comer, de modo que la jornada de 10 ½ horas termina a las 4 y media, y lo demás es trabajo extraordinalio.40 (Dudamos mucho que el señor Smith no pruebe bocado durante las 10 horas y media.) Nosotros (continúa el mismo señor Smith) rara vez acabamos antes de las 6 de la tarde (se refiere al funcionamiento de "sus" máquinas de fuerza de trabajo), de modo que en realidad casi todo el año rendimos (ídem de ídem) trabajo extraordinario... Los niños y los adultos (152 niños y jóvenes menores de 18 años y 140 adultos) han venido a trabajar unos con otros, durante los últimos 18 meses, por término medio, cuando menos, 7 días a la semana, o sean 78 horas y media semanales. En 6 semanas, hasta el 2 de mayo de este año (1863), el promedio de trabajo fue más alto: ¡8 días, o sean 84 horas semanales!" Pero, este mismo señor Smith, tan aficionado al pluralis malestatis,(52) añade: "El trabajo a la máquina es fácil." Los que emplean el block prínfig dicen lo mismo: "el trabajo manual es más sano que el trabajo a la máquina". Y los señores fabricantes, en bloque, se declaran indignados contra la proposición de "parar las máquinas, por lo menos, durante las comidas". "Una ley –dice Mr. Otley, director de una fábrica de alfombras en Borough (Londres)– que permitiese trabajar desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde, nos (!) parecería muy bien, pero las horas del Factory Act desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde no sirven para nosotros(!)... Nuestra máquina se para durante la comida (¡qué magnanimidad!). Esta parada no origina ninguna pérdida considerable de papel ni de color." "Pero –añade, con un gesto de simpatía el informante– comprendo que se rehuya la pérdida que esto lleva aparejada." El informe del comisario opina candorosamente que el temor de algunas "empresas destacadas" a perder tiempo, es decir, tiempo de apropiación de trabajo ajeno, y por tanto, a "perder ganancia" no es "razón suficiente" para "hacer perder" la comida de mediodía durante 12 a 16 horas a niños de menos de 13 años y a jóvenes menores de 18, o para hacérsela ingerir como se hace ingerir a la máquina de vapor carbón y agua, a la lana jabón, a los engranajes aceite, etc., durante el mismo proceso de producción, como si se tratase de una simple materia auxiliar del instrumento de trabajo.41 escort Madrid 103 "La esclavitud en que la burguesía tiene sujeto al proletariado no se revela nunca con mayor claridad que en el sistema fabril. Aquí, cesa, de hecho y de derecho, toda libertad. El obrero tiene que presentarse en la fábrica, sobre poco más o menos, a las 5 y media de la mañana, si acude dos minutos más tarde, es castigado; si llega 10 minutos después, no se le admite hasta que pase la hora del desayuno, con lo que pierde un cuarto de día de jornal. Tiene que comer, beber y dormir a la voz de mando... La despótica campana le saca de la cama y le levanta de la mesa, interrumpiendo su desayuno y su comida. ¿Y qué pasa dentro de la fábrica? Aquí, el fabricante es legislador absoluto. Dicta los reglamentos de fábrica que se le antojan; modifica y adiciona su código a medida de su deseo; y, por disparatadas que sean las cláusulas que introduzca en él, los tribunales dicen indefectiblemente al obrero: has entrado a trabajar voluntariamente en virtud de ese contrato, y no tienes más remedio que cumplirlo...Estos obreros están condenados a vivir desde los nueve años hasta su muerte bajo la férula física y espiritual." (F. Engels, Lage der arbeitenden Klasse, etc., pp. 217 s.) Pondremos dos ejemplos que ilustran bastante bien la actitud adoptada por los tribunales en estos litigios. Uno de los dos casos ocurrió en Sheffield, a fines de 1866, Un obrero se había contratado por dos años para trabajar en una fábrica metalúrgica. Habiendo reñido con el patrono, abandonó la fábrica y declaró que no quería seguir trabajando para él bajo ningún concepto. Denunciado por infracción de contrato, los tribunales le condenaron a dos meses de cárcel (advertiremos que si es el patrono quien viola el contrato, solo se le puede demandar por lo civil y condenársele a una multa). Transcurridos los dos meses de la condena, el patrono le requiere a que, en cumplimiento de su contrato, vuelva a la fábrica. El obrero se niega a ello, entendiendo que la infracción contractual está ya purgada. El patrono vuelve a denunciarle y los tribunales le condenan de nuevo, a pesar de que uno de los jueces, Mr. Shee, denuncia públicamente este hecho como una monstruosidad jurídica, ya que, según ello, podría estarse castigando continuamente a un hombre toda su vida por el mismo delito o la misma falta. Esta segunda sentencia no fue dictada ya por los "Great Unpaid", por los Dogberries provinciales, sino en Londres, por uno de los más altos tribunales del Reino. (Nota a la 4ª ed. Este estado de cosas ya no rige. Si se exceptúan unos cuantos casos –por ejemplo, el de las fábricas públicas de gas–, en Inglaterra se hallan actualmente equiparados patronos y obreros, por lo que se refiere a las infracciones contractuales, y tanto unos como otros sólo pueden ser demandados por lo civil. F. E.) El segundo caso acaeció en Wiltshire, a fines de noviembre de 1863. Unas 30 tejedoras que trabajaban en telares a vapor, en el taller de un tal Harrup, fabricante de paños de Leower's Mill Westbury Leigh, se declararon en huelga porque este patrono tenía la agradable costumbre de imponerles un descuento en los salarios cuando se retrasaban por la mañana, a razón de 6 peniques por cada 2 minutos, 1 chelín por cada 3 minutos y 1 chelín y 6 peniques por cada 10 minutos de retraso. Esto suponía, calculando a 9 chelines por hora, 4 libras esterlinas y 10 chelines al día, siendo que su salario medio al año no era nunca superior a 10 o 12 chelines semanales. Además Harrup había colocado a un muchacho encargado de dar, con una trompeta, la señal de la hora de entrada a la fábrica, señal que sonaba muchas veces antes de las 6 de la mañana, y sí los obreros no estaban presentes inmediatamente después de dar el toque, se cerraban las puertas, y los que quedaban fuera incurrían en multa; como en todo el edificio no había ningún reloj, los infelices obreros estaban en manos de aquel joven guardián del tiempo, manejado por el patrono. Las obreras "huelguistas", madres de familia unas y otras muchachas solteras, se declaraban dispuestas a volver al trabajo si el guardián del tiempo era sustituido por un reloj y se implantaba una tarifa de multas más racional. El patrono llevó ante los tribunales, por infracción de contrato, a 19 obreras. Las procesadas fueron condenadas, entre las protestas del auditorio, a 9 peniques de multa cada una, más a 2 chelines y 6 peniques de costas. El patrono se vio rodeado, al salir del juzgado, por una multitud que le silbaba. Una operación favorita de los patronos consiste en castigar a los obreros con descuentos de salario por los defectos del material trabajado por ellos. Este método provocó, en 1876, una huelga general en los distritos alfareros ingleses. Los informes de la Child. Empl. Commission (1863–1866) apuntan casos de obreros que, en vez de percibir salarios por su trabajo, resultan deudores de su augusto "patrono", por virtud del reglamento penal promulgado por éste. La reciente crisis algodonera ha revelado también una serie de rasgos edificantes acerca de la agudeza de ingenio de los autócratas de las fábricas para mermar los jornales de sus obreros. "Yo mismo –dice el inspector fabril R. Baker– hube de llevar hace poco a los tribunales a un fabricante algodonero que, en estos tiempos tan duros y penosos, había descontado a algunos de los obreros "jóvenes" (mayores de 13 años) empleados en su fábrica 10 peniques por el certificado médico de edad, certificado que a él sólo le cuesta 6 peniques y por el que la ley sólo autoriza una deducción de 3 peniques, que en la práctica no es costumbre percibir...Con el fin de conseguir el mismo objeto sin chocar con la ley, otro patrono descuenta a cada uno de los pobres chicos que trabajan para él 1 chelín, como derecho por enseñarle el arte y el misterio de hilar, tan pronto como el certificado médico los declara aptos para este trabajo. Como se ve, existen corrientes subterráneas que es necesario conocer, para enjuiciar fenómenos tan extraordinarios como son las huelgas en los tiempos actuales. (Se trataba de una huelga producida en junio de 1863, entre los tejedores mecánicos de la fábrica de Darven)." Reports of Insp. of Fact. for 30 th April 1863, pp. 50 y 51 (los informes fabriles van siempre más allá de su fecha oficial). señoritas compañía En su declaración ante la Trades' Unions Commission, Nasmyth, inventor del martillo de vapor, informa como sigue acerca de las mejoras introducidas por él en las máquinas, a consecuencia de la grande y larga huelga mantenida por los obreros de construcción de maquinaria en 1851: "El rasgo característico de nuestras mejoras mecánicas modernas es la introducción de máquinas–herramientas automáticas. Hoy, la misión de un obrero mecánico, misión que cualquier muchacho puede cumplir, no es trabajar directamente, sino vigilar el magnífico trabajo de la máquina. Hoy, esa clase de obreros que dependía exclusivamente de su pericia, ya no tiene razón de ser. Antes, tenía que poner a cuatro muchachos atendiendo a un mecánico. Gracias a estas nuevas combinaciones mecánicas, he llegado a reducir de 1,500 a 750 el número de obreros adultos. De este modo, he conseguido aumentar considerablemente mis ganancias. Academialloret El régimen feudal, en el campo, y en la ciudad el régimen gremial, impedían al dinero capitalizado en la usura y en el comercio convertirse en capital industrial.58 Estas barreras desaparecieron con el licenciamiento de las huestes feudales y con la expropiación y desahucio parciales de la población campesina. Las nuevas manufacturas habían sido construidas en los puertos marítimos de exportación o en lugares del campo alejados del control de las antiguas ciudades y de su régimen gremial. De aquí la lucha rabiosa entablada en Inglaterra entre los corporate towns (140) y los nuevos viveros industriales. grafsalas.com El fraile veneciano Ortes, uno de los grandes escritores de economía del siglo XVIII, resume así el antagonismo de la producción capitalista como ley natural absoluta de la riqueza social: “El bien y el mal económico, dentro de una nación, se equilibran siempre (il bene ed il male economico in una nazione sempre all'istessa misura); lo que para unos es abundancia de bienes es para otros, siempre, carencia de los mismos (la copia dei beni in alcuni sempre eguale alla mancanza di essi in altri). Para que algunos posean grandes riquezas, tienen que verse muchos otros desposeídos totalmente hasta de lo más necesario. La riqueza de un país corresponde siempre a su población, y su miseria a su riqueza. La laboriosidad de unos impone la ociosidad de otros. Los pobres y ociosos son un fruto necesario de los ricos y trabajadores”, etc.25 Unos diez años después de Ortes, un reverendo sacerdote protestante inglés, Townsend, glorificaba toscamente la pobreza como condición necesaria de la riqueza. “El deber legal de trabajar lleva consigo muchas fatigas, muchas violencias y mucho estrépito; en cambio, el hambre no sólo ejerce una presión pacífica, silenciosa e incesante, sino que, además, provoca la tensión más potente, como el móvil más natural que impulsa al hombre a trabajar y a ser industrioso.” El ideal está, por tanto, en hacer permanente el hambre entre la clase obrera, y de ello se encarga, según Townsend, el principio de la población, especialmente activo entre los pobres. “Pareca ser una ley natural que los pobres sean hasta cierto punto poco precavidos (improvident) [poco precavidos, puesto que no vienen al mundo, como los ricos, con una cuchara de oro en la boca], para que así haya siempre gente (that there always may be some) que desempeñe los oficios más serviles, más sucios y más viles de la comunidad. De este modo, se enriquece considerablemente el fondo de la felicidad humana (the fund of human happiness), las personas más delicadas (the more delicate) se ven libres de molestias y pueden entregarse a tareas más elevadas, etc.... La ley de la beneficencia tiende a destruir la armonía y la belleza, la simetría y el orden de este sistema creado por Dios y la naturaleza.”26 El fraile veneciano veía en el decreto del destino eternizando la miseria la razón de ser de la caridad cristiana, del celibato, de los conventos y de las fundaciones piadosas; en cambio, el clérigo protestante encuentra en él el pretexto para maldecir de las leyes que reconocen a los pobres un derecho a reclamar de la sociedad un mísero socorro. “El incremento de la riqueza social –dice Storch– engendra esa clase tan útil de la sociedad... que desempeña los oficios más enojosos, más viles y más repelentes, cargando, en una palabra, con todo lo que hay en la vida de desagradable y servil, lo que permite precisamente a las demás clases gozar de tiempo, de alegria de espíritu y de dignidad convencional (c´est bon!) de carácter, etc.”27 Storch se pregunta cuál es, en realidad, la ventaja de esta civilización capitalista, con su miseria y su degradación de las masas ante la barbarie. Y sólo encuentra una respuesta: ¡la seguridad! “Gracias a los progresos de la industria y de la ciencia –dice Sismondi–, todo obrero puede producir diariamente mucho más de lo que necesita para su consumo. Pero, al mismo tiempo, aunque su trabajo produzca la riqueza, ésta, si hubiera de consumirla él mismo, le haría poco apto para el trabajo.” Según él, “los hombres [es decir, los hombres que no trabajan] renunciarían, probablemente, a todas las perfecciones de las artes y a todas las comodidades que nos proporciona la industria, si tuviesen que adquirirlas con su trabajo permanente, como el que realiza el obrero... Hoy, el esfuerzo está divorciado de la recompensa: no es el mismo el hombre que trabaja y luego descansa; por el contrario, tienen que trabajar unos precisamente para que descansen otros... “Por eso, la inacabable multiplicación de las fuerzas productivas del trabajo no puede conducir a otro resultado que a acrecentar el lujo y los placeres de los ricos ociosos”.28 Finalmente, Destutt de Tracy, este doctrinario burgués de sangre fría, lo proclama brutalmente: “Es en los países pobres donde el pueblo vive a gusto y en los países ricos donde generalmente vive en la pobreza.”29 bares de copas en españa Como veíamos, estas minuciosas normas en que se reglamentan a golpe de campana, con uniformidad militar, los períodos, límites y pausas del trabajo, no eran, ni mucho menos, el fruto de las cavilaciones parlamentarías. Se fueron abriendo paso paulatinamente, por imposición de las circunstancias, como otras tantas leyes naturales del moderno régimen de producción. Su formulación, su sanción oficial y su proclamación por el Estado fueron el fruto de largas y trabajosas luchas de clases. Una de sus consecuencias más inmediatas fue que la práctica sometiese a las mismas restricciones la jornada de trabajo de los obreros varones adultos de las fábricas, ya que en la mayor parte de las operaciones se hacía indispensable la cooperación de los niños, obreros jóvenes y mujeres. Por tanto, desde 1844 a 1847 la jornada de 12 horas fue, de hecho, la jornada general y uniforme de trabajo en casi todas las ramas industriales sometidas a la legislación fabril. restaurantes en valencia Además, esta inversión sólo existe para una de las tres partes que intervienen en el trato. El capitalista compra la mercancía a A y la revende a B; en cambio, el poseedor simple de mercancías vende su mercancía a B, para luego comprar otra a A. Para los contratantes A y B, esta diferencia a que nos referimos no existe. Ellos sólo actúan como comprador y vendedor de mercancías, respectivamente. A su vez, el tercero se enfrenta con ellos, según los casos, como simple poseedor de dinero o como poseedor de mercancías, como comprador o vendedor; unas veces, este tercero es respecto a uno de los contratantes un simple comprador y respecto al otro un simple vendedor, para el uno dinero y para el otro mercancía, y para ninguno de los dos capital o capitalista; es decir, representante de algo superior al dinero o a la mercancía y capaz de producir efectos distintos a los de la mercancía o a los del dinero. Para este tercero, el hecho de comprar a A y de vender a B son dos fases lógicas de un mismo proceso. Pero entre estos dos actos sólo para él existe una ilación lógica. A no se preocupa en lo más mínimo www.pisobcn.com 240 “Dividís al pueblo en dos bandos enemigos, el de los campesinos embotados y el de los enanos reblandecidos. ¡Por los clavos de Cristo! ¿Y un país desdoblado en intereses agrícolas y comerciales se tiene por sano, más aún, por culto y civilizado, y no a pesar sino precisamente en virtud de esta separación monstruosa y antinatural?” (David Urquhart, Familiar Words, p. 119.) Este pasaje revela a la par la fuerza y la flaqueza de un tipo de crítica que, sabiendo enjuiciar y condenar los tiempos actuales, no sabe comprenderlos.